Definición indefinida

9 07 2009

Según la RAE, definición es: Proposición que expone con claridad y exactitud los caracteres genéricos y diferenciales de algo material o inmaterial. Los nuevos ambientes de aprendizaje, especialmente aquellos que promueven la autonomía, los que se mueven en el filo de la complejidad, los que buscan propiciar verdaderos aprendizajes significativos, son esquivos a las definiciones, al menos a aquellas que hemos recibido a través de la educación tradicional; y nos quedó ese afán por definirlo todo taxativamente, y como docentes lo transmitimos y lo multiplicamos… nos genera estrés no tener certezas, no tener definiciones, pues muchas veces nombramos las cosas para poseerlas -como en el pasaje memorable de García Márquez en donde todos pierden la memoria y tienen que empezar a nombrar de nuevo el mundo-. Según esta concepción “definitoria”, el profesor que sabe es el que tiene las definiciones que aceptamos como válidas, y a veces como únicas. Y el asunto se vuelve un círculo vicioso: el sistema nos pide que definamos para que evaluemos sobre esas definiciones; los estudiantes nos piden que definamos, porque esa es una manera de cotejar la experticia del docente y de ‘facilitar’ los exámenes; las evaluaciones -muchas veces- responden al esquema definición igual respuesta correcta; casi todo nos pide que aportemos conocimientos en forma de definiciones, y esto, en la era de la información, en la sociedad del conocimiento, es un lastre muy pesado para cargar y es difícil deshacerse de él, pero hay que empezar a hacerlo, porque las nuevas demandas de los sujetos -incluido uno mismo- que deben desenvolverse con propiedad en estos tiempos así lo exigen. Ahora, más que definiciones, necesitamos búsquedas constantes, reflexiones continuas, re-descubrimientos, nuevas miradas, enfoques alternativos, múltiples posibilidades… porque el conocimiento se está moviendo todos los días.

Más que definir, necesitamos reflexionar

Más que definir, necesitamos reflexionar

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El estrés cognitivo

15 06 2009

El término lo oí hace apenas unos meses, de boca de uno de mis compañeros de la Maestría en Informática Educativa. A él se lo había dicho un profesor, a propósito de verlo atareado con múltiples proyectos, tareas, ensayos… todos de corte intelectual, académico, con una alta exigencia a nivel de pensamiento; mejor dicho, estaba en una de esas “cruzadas de cables” que lo hacen sentir a uno que en cualquier momento puede haber corto circuito.

Y desde entonces, esas dos palabras se quedaron fijas en mi mente: estrés cognitivo. ¿Qué será? ¿Estaremos ante nuevas formas de estrés? ¿Esto quién lo sufre? O acaso ya lo estaba viviendo en medio del exigente ritmo que supone realizar un anteproyecto de investigación de maestría, más el trabajo cotidiano de la docencia que hoy en día nos demanda actualización cotidiana. Quizás lo último se acerque más a la realidad.

No hablamos aquí de un trastorno más o menos frecuente que se trata a nivel psicológico, sino a ese escenario que se vive en la era de la información, en la sociedad del conocimiento, en el cual la abrumadora cantidad de datos que ‘habitan’ la logosfera empiezan a golpear nuestras mentes progresivamente y a construir en nuestras cabezas las telarañas de conceptos que nos convierten en los nuevos seres ilustrados -si es que alguien hoy en día se atreve a llamarse de tal manera.

En efecto, esta complejidad de saberes, modos y pensares puede llegar a ser intimidante, incluso frustrante para quien aborde la utópica tarea de tratar de comprenderla. Pero si hay algo claro en estos tiempos de TICs, de información avasallante, es que el criterio propio, el sentido crítico, la actitud reflexiva, son los mejores timoneles para navegar en un universo de aguas inciertas.

Curiosamente, este estrés cognitivo tiene como medicina la serena pausa mental. Pero no se trata, pues, de no pensar, sino de pensar reflexivamente. En un mundo que privilegia el hacer, hacer, hacer, una forma de hacer muy bien es pensar; detenerse y pensar.

Y sin embargo, la luz aparece

Y sin embargo, la luz aparece





Bienvenida la reflexión

4 06 2009
Lo esencial permanece

Lo esencial permanece

Hace unos días, en el departamento de comunicación del Politécnico Grancolombiano, mi actual lugar de trabajo, en una de esas tardes en las que la academia se hace dialogando entre pares, junto con varios compañeros empezamos una amena tertulia alrededor del futuro de los docentes y la educación frente a las nuevas plataformas de aprendizaje virtual; algunos comentarios apocalípticos, otros ultra optimistas, unos muy centrados, pero lo que más me llamó la atención fue el hecho de que muchos de ellos se mostraban bastante escépticos acerca de la buena calidad de la educación mediada por TICs.

Por un instante muchas inquietudes, preguntas y reflexiones pasaron por mi cabeza. Recordé vivamente unas declaraciones del subdirector de Colciencias, Alex de Greiff, en una noticia de El Tiempo a comienzos de este año; decía el doctor de Greiff: “Un doctorado virtual es una contradicción en sus términos. No se puede hacer a distancia porque un doctorado es una formación muy especializada y se aprende realizándola de cerca con las personas que hacen investigación”… Bueno, ¿y acaso varios de mis profesores, otros colegas y amigos no están haciendo estudios de maestría y doctorado en modalidad virtual? Y según lo que he escuchado de ellos la exigencia, el trabajo, la calidad están al nivel de los estudios presenciales de este tipo, y están homologados con estándares intenacionales. ¿Será un asunto de percepción?

En fin, en la discusión de aquella tarde, más que intervenir apasionadamente para tratar de defender la educación mediada por TICs -que también algunas veces critico severamente, en especial cuando se quiere imponer a la fuerza en contextos inapropiados o sin la necesaria reflexión pedagógica-, lo que hice fue escuchar atentamente las opiniones de mis colegas. Para sintetizar, en el imaginario de estas personas maduras, curtidas en la docencia universitaria, la educación mediada por lo virtual adolece de ‘algo’, no ofrece ‘todos’ los elementos de la presencialidad, no ‘permite’ la exigencia que se logra en el cara a cara; pero, eso sí, algo de utilidad le conceden a nivel superior, en formación de posgrado, allí donde los estudiantes son más ‘responsables’ y más competentes para ‘investigar’.

Vaya. El camino es muy largo, aunque ya hayamos recorrido la mitad de él sin darnos cuenta.