Percepciones y realidades 2 (concluyendo las entrevistas)

17 10 2009
Piden la palabra

Piden la palabra

Puedo decir que hablé con varias personas al respecto de la educación y las tecnologías; algunos mayores, otros muy jóvenes, varios contemporáneos; colegas, estudiantes, familia, amigos… y lo que pude concluir, en primera instancia, es que todos tienen o quieren decir algo acerca de la tecnología. A algunos los asusta aunque no lo manifiesten directamente: “… es que… eso de no tener el control, o no entender lo que ocurre en la máquina mientras uno la utiliza es como tenaz, ¿no?”. Sobre otros ejerce casi un encantamiento: “son lo mejor… no sé cómo ha sobrevivido el hombre sin ellas, parece magia todo lo que transforman”. Hay quienes las atacan visceralmente: “nos han deshumanizado por completo, son una plaga y hay que crear un frente común para impedir que sigan avanzando y nos despersonalicen del todo”; y tienen su contraparte, los escuderos que las defienden a capa y espada: “¡son el futuro y el ahora! Estarán en todo y no será posible concebir una persona, incluso una sociedad, sin que las tecnologías intervengan en ella”.

Para los más jóvenes, la importancia de las TIC se podría medir por la cantidad de relaciones que genera con otros pares; su utilidad como plataforma social parece prevalecer por encima de cualquier otra consideración; son fundamentales para su discurrir como jóvenes porque les permiten ponerse en contacto con otros. Sin embargo, pareciera que en el fondo de esto subyace un profundo sentir de soledad (y esto es una percepción mía). Por otra parte, desde su perspectiva, las tecnologías son útiles porque les facilitan su trabajo cotidiano como estudiantes, algunas veces cayendo en lo que ellos mismos reconocen como facilismo. Lo relevante aquí, en mi concepto, es que en efecto sí hay nuevas formas de relacionarse, y la mediación tecnológica es clave en esto; por tanto, como educadores, me parece necesario que reflexionemos en estos escenarios como nuevos espacios en los que el aprendizaje tiene que aparecer. Si cercenamos esto, en lugar de propiciar un ambiente apropiado para el aprendizaje, tendríamos conflicto. Además, pienso que aquí nos merecemos muchas preguntas y mucha investigación para llegar a las respuestas. Para finalizar este apartado de los jóvenes (hablé con algo más de 20, entre 17 y 22 años), me parece importante mencionar que, en su gran mayoría, aunque reconocen la importancia de las tecnologías en la educación, tienen claro que la figura del profesor no debe desaparecer… confieso que esto me asombró gratamente, pero también hizo que me preguntara: ¿qué tipo de profesor esperan ellos, para qué tipo de educación? A veces quienes estamos del lado de la pizarra pensamos apresuradamente que los alumnos son extremadamente pasivos, pero quizás no les concedemos los espacios adecuados para que dejen de serlo.

En cuanto a los contemporáneos, tanto colegas como amigos y familia, hay opiniones divididas: algunos de ellos, ciertamente, no son usuarios frecuentes de TIC, por lo cual -aunque reconocen su importancia en la sociedad- la ven como algo ajeno que no los trasnocha, y miran de soslayo, a veces con sospecha, a quienes son usuarios frecuentes. En cuanto a estos, algunos se asemejan a los más jóvenes en su utilización como plataforma de conectividad con otros, sólo que con más ‘juguetes’ (me refiero a los tecnológicos).

Ahora bien, aún resuenan en mi cabeza las palabras de una colega sobre la incredulidad en la educación mediada por lo virtual: “jamás tendrá la misma calidad de la educación presencial”, pontificaba severamente, secundada por otro par de docentes, uno de los cuales, luego de meditar un poco dijo: “bueno, quizás en niveles de posgrado obtenga mejores resultados, pero más abajo es bastante dudoso que se logre algo significativo”. Interesantes imaginarios sobre los que se podría abrir una línea de profundización; y también me surge un cuestionamiento: ¿acaso los niveles anteriores a posgrado están “más abajo”?

Pero quizás una de las charlas más enriquecedoras la sostuve con otro profesor, muy joven, filólogo y lingüista, con una postura crítica muy bien fundamentada frente a la intervención de las nuevas tecnologías en educación, alejado de la posición que sataniza las TIC, plenamente consciente del papel enriquecedor que pueden y deben jugar en los procesos educativos, pero seriamente preocupado (como yo lo he estado desde hace un buen tiempo), acerca del afán de ‘enchufarnos’ a la red sin la debida reflexión. Manifestaba él, y yo comparto esta postura, que en nuestras latitudes -contadas excepciones- hemos vivido los ‘destiempos’ a todo nivel, saltándonos precipitadamente varios procesos de desarrollo, necesarios para madurar como sociedad; tal situación explica, en buena parte, los frecuentes encuentros y desencuentros que vive el sector educación cuando trata de incorporar las tecnologías a su cotidianidad, incluyendo por supuesto a estudiantes, docentes y directivos.

Finalmente, mientras leía en mi cuaderno los desordenados apuntes de estas entrevistas, pensaba en cómo sería un futuro hipotético sin la posibilidad de la palabra conversada, dialogada, debatida, gestual, percibida cara a cara… ¡un desperdicio!

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